Luego
de salir de Caicedonia, a unos diez minutos por carretera,
se encuentra un desvío
escondido. Por allí se debe descender durante cinco
minutos para toparse con la primera casa en medio de
tanta naturaleza. Esa es la vereda El Salado, es la
casa de Efraín Santos o Don Santos, como lo conoce todo
el mundo. Es una vivienda cuyas paredes revelan el inexorable
paso del tiempo. El olor a tinto recién colado le recuerda
al desprevenido visitante que se encuentra en el Eje
Cafetero.
Una pequeña escuela se divisa a unos 50 metros de la
casa. Tiene una improvisada cancha de fútbol que alberga
a unos 15 pequeños. Se puede ver como por lo menos durante
los 20 minutos que dura su descanso entre clase y clase,
cumplen, como dice el tango, "el sueño del pibe",
ser futbolistas.
Para llegar a ella desde la casa de Don Santos, se debe
cruzar la carretera y atravesar una suerte de estepa
que esconde a su paso un terreno fangoso. Pero a pesar
del barro, esta travesía es encantadora. En medio de
un terreno que podría parecer inhóspito para un citadino
cualquiera, se descubre algo mágico. Como sacado de
un argumento surrealista, entre una montaña emana, una
fuente de agua salada. De ahí el nombre de este
lugar: "El Salado".
Tal
vez para los expertos esto sea algo simple y explicable,
no obstante, la explicación racional se hace infructuosa
ante tal fenómeno natural. Cuando se llega a este
colegio se puede ver como este apartado recinto del
conocimiento no sólo sirve para la educación de los
niños, sino, también para la formación de sus padres,
quienes se reúnen al lado de la cancha sentados sobre
costales repletos de maíz. Todos son campesinos de la
vereda. Discuten sobre los adelantos que han conseguido
mediante la investigación y el aprovechamiento de los
recursos.
"El
maíz nos ha cambiado la calidad de vida. Antes comíamos
arepas dos veces por semana y ahora comemos dos o tres
veces al día. Así mismo pasó con la mazamorra, ahora
la podemos comer día de por medio", dice con acento
paisa Fabio Zárate.
La
reunión es informal, casi se puede decir que de amigos.
En medio de los asistentes se encuentran personas del
CIAT y de la Federación de Cafeteros de Caicedonia,
que escuchan atentamente. Los niños continúan jugando
y los padres comentan lo que han aprendido en los últimos
meses.
Estas
personas son integrantes del Comité de Investigación
Agrícola Local (CIAL) de la vereda El Salado. Desde
hace cuatro años iniciaron el proceso con el Centro,
impulsados por la necesidad de salir adelante, tras
el terremoto que afectó el Eje Cafetero, y hoy se
encuentran reunidos para hacer un balance de los beneficios que éste les
ha traído.
"En
este momento yo estoy trillando maíz aquí y lo vendo
en Caicedonia. Estoy pensando en ir aumentando la cantidad
para que las ganancias aumenten y poder pagar mis estudios",
dice Gustavo Calvo, el hijo de uno de los integrantes
del CIAL.
Los
beneficios se pueden notar en el desarrollo de la vereda.
Más cantidad de animales, diversidad de cultivos y sobre
todo, una seguridad alimentaria muy sólida. Las mujeres
participan de forma activa y emprenden proyectos paralelos
como el del cultivo de soya o la cría de gallinas. Sin
embargo, este proyecto ha sido posible gracias al trabajo
de la comunidad y al apoyo que brindó la familia CIAT.
Una
ayuda realmente próspera
El
25 de enero de 1999 la historia del Eje Cafetero se
partió en dos. Aquel lunes, a las 2:20 p.m., un sismo
de gran magnitud sacudió trágicamente ciudades como
Armenia, Pereira, Manizales y 35 poblados más, y destruyó
casi el 60% de la infraestructura de estas poblaciones;
se calcula que aproximadamente 8000 fincas sufrieron graves daños en sus procesos de producción.
La
solidaridad del pueblo colombiano y la Comunidad Internacional
no se hizo esperar. Cientos de ONG, gobiernos y la población
colombiana en general, organizaron redes de apoyo para
socorrer a los damnificados. Los aportes económicos
fueron cuantiosos; se construyeron casas, se compraron
víveres, frazadas y todo aquello que pudiera ayudar
a calmar la necesidad que dejaba a su paso el terremoto.
Como era de esperarse,la familia CIAT también se solidarizó
con la causa y mediante un acuerdo se decidió que todos
los empleados del Centro donarían un día de su sueldo
para apoyar a esta población; por su parte, el CIAT
se comprometía a aportar una cifra similar a la recogida
por ellos.
De
esta manera se recogieron 8 millones donados por los
empleados y el CIAT aportó la misma cantidad, para un
total de 16 millones. Sin embargo, se decidió que las
ayudas deberían ir en el mismo sentido de la misión
del Centro, y por ello se optó por no realizar aportes
de carácter asistencial, sino, apoyar procesos de desarrollo
agropecuario a largo plazo en comunidades campesinas.
El
Proyecto de Investigación Participativa para la Agricultura
(IPRA) sugirió a la junta pro-damnificados del terremoto,
formar Comités de Investigación Agrícola Local -CIAL
para trabajar el tema de seguridad alimentaria, ya que
éste se encuentra relacionado con la labor que realiza
el CIAT.
Así, se inició un trabajo de sensibilización con la comunidad de la Vereda
"El Salado" en el Municipio de Caicedonia.
Una tierra de matices verdes que esconde en sus empinadas
cuestas a decenas de familias que viven de los frutos
de la agricultura. Con
ellos se buscó ilustrar los principios de trabajo de
los CIAL, los cuales están basados en la investigación
participativa y la responsabilidad social. El trabajo
no se trataba de suplir necesidades inmediatas, sino,
de dar elementos de apoyo para que las personas de la
vereda pudieran auto soportar su seguridad alimentaría
e iniciar un trabajo mancomunado que les permitiera
un desarrollo a largo plazo.
Luego de un diagnóstico participativo, esta comunidad
eligió trabajar en maíz y fríjol arbustivo, los cuales
hacen parte de su alimentación cotidiana. Además, se
realizaron giras al departamento del Cauca para visitar
el CIAL de Pescador, que se encontraba investigando
sobre fríjol, y el CIAL de San Bosco, en Mondomo, cuyo
fuerte es la investigación sobre maíz. De esta manera,
al retroalimentarse de otras experiencias, el entusiasmo
inundó la percepción que estas personas tenían sobre
el proyecto.
. Un
paso muy significativo
Luego
de casi cuatro años de trabajo conjunto con la comunidad,
el Comité de Cafeteros de Caicedonia, la Junta de Acción
Comunal de la vereda y algunas otras personas, el proyecto
fue tomando forma, logrando que los habitantes de El
Salado se comprometieran con el proceso de investigación
y desarrollo.
Dado
que la investigación en maíz había llegado a tener resultados
concretos por parte del CIAL, y que según una encuesta
realizada en la región podrían salir por cosecha al
menos 100 toneladas de maíz, el CIAT por intermedio
de José Ignacio Roa, miembro del IPRA, realizó un compromiso
con el CIAL para utilizar parte de los recursos recogidos,
en la compra de una desgranadora, una trilladora y un
molino de maíz. No obstante, ésta estaba supeditada
a que los integrantes del CIAL de El Salado, tuvieran
la infraestructura física para el cuidado de la maquinaria
y un reglamento interno para su uso. Sólo cuando estos
compromisos fueron cumplidos, la máquina fue llevada
a la vereda.
La
situación estaba clara, si ellos no participaban activamente
y no ponían de su parte, el CIAT no les iba a colocar
las máquinas. Faltando pocos días para llevar la trilladora me di cuenta de que el sitio para
guardar la máquina no tenía puertas, así que les dije:
tendremos que esperar hasta la próxima cosecha para
llevarla. Y al otro día me llamaron para decirme que
ya habían conseguido las puertas", comenta José
Ignacio Roa.
Y
así, mediante un trabajo de orientación a la comunidad,
el fortalecimiento del liderazgo local para el aprovechamiento
óptimo de los recursos y la apuesta por el trabajo en
equipo, los habitantes de esta vereda ubicada a unos
10 minutos de Caicedonia, comenzaron a idear estrategias
para el buen uso de la maquinaria y la forma de trasformar
sus economías, basados en el principio de autosostenimiento
que les proporciona esta maquinaria.
"Antes
de iniciar el proceso con el CIAT, cada uno de nosotros
sembraba y trabajaba de forma individual. Cada uno luchaba
por sacar adelante su cultivo, pero ahora, con este
proyecto podemos trabajar en equipo, utilizar las herramientas
que hemos conseguido y distribuirnos el trabajo; eso
nos ha dado más resultados en corto tiempo que todo
lo que trabajamos solos antes", asegura Jairo Calvo,
integrante del CIAL de la vereda El Salado
Tal vez, algunas de las personas que se acercaron a
este proyecto lo hicieron pensando que se trataba de
una ayuda momentánea y sin compromisos para ellos, sin
embargo, a medida que pasó el tiempo descubrieron que
sí había un compromiso y era muy grande. Se trataba
nada más y nada menos que trabajar por un desarrollo
comunitario sostenible, además, basado en la investigación
y retroalimentación.
"Me
ha parecido muy importante el trabajo que las personas
de esta vereda han realizado. Se concientizaron de que
las instituciones pueden ayudarlos, pero sólo dependen
de ustedes que las cosas marchen. Hasta el momento han
realizado muy buen trabajo y todos esperamos que este
grupo y sus logros lleguen mucho más lejos", dijo
Raúl Varela, integrante de Comité de Cafeteros de Colombia
en Caicedonia.
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