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Esmeralda
Solarte
Una mujer con liderazgo comunitario |
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Esmeralda
Solarte hace parte del resguardo indígena de Quizgó,
municipio de Silvia, Cauca. Tiene 28 años, de los
cuales los últimos diez los ha dedicado al trabajo
comunitario, con el cual ha logrado una importante labor
como coordinadora durante 4 años del Comité
de Investigación Agrícola Local (CIAL) y
con una ONG llamada Funcop (Fundación para la Comunicación
Popular). |
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Un técnico
le explicó en qué consistía la
metodología de los CIAL y le gustó, tanto
que se motivó para coordinar un grupo de 15 mujeres,
con el cual trabaja actualmente. "El trabajo consiste
en organizar a las mujeres y decidir qué producto
se va a investigar. Iniciamos con siete variedades de
maíz, llevadas de otro municipio más cálido,
porque Silvia tiene un clima frío, y la idea
era buscar variedades de crecimiento más rápido
y de mayor producción", dice.
El
grupo también está trabajando con seis
variedades de quinua, traídas del Ecuador. En
Quisgó, trabajan con un programa de seguridad
alimentaria y tienen más de 150 huertas implementadas,
de las cuales un 40% están sembrado de este cereal.
"Empezamos
capacitándonos en investigación y seguimos
fortaleciéndonos cada vez más. La capacitación
no es continua; se da uno o dos días cada mes.
A veces no hay, entonces hay que buscar los medios,
sea con otras organizaciones o con la misma comunidad.
Así vamos aprendiendo".
Esmeralda
considera que su trabajo ha sido muy positivo no sólo
en su rol de coordinadora, sino como mujer. "Aprendo
mucho saliendo, conociendo y hablando. Lo más
importante es que se pueden gestionar avances para ayudar
a la gente de mi comunidad. No se trata de que yo sea
la beneficiada".
Se
siente muy contenta por los objetivos alcanzados y su
idea es seguir buscando recursos, elaborar proyectos
y conseguir colaboración para desarrollarlos.
"Lo importante es que no estoy sola, hay muchas
compañeras que han salido adelante, y se ve su
trabajo. Están motivadas", dice, orgullosa
de la integración lograda.
Sus
jornadas de trabajo son dinámicas, con actividades
programadas y constantes reuniones, que en ocasiones
duran todo el día. "Hablamos sobre varios
temas: conflictos de la comunidad, producción,
salud, capacitaciones. Otros días vamos al campo
a visitar familias, observar las huertas, hablar con
la gente, orientarlos o contactarlos con otras personas
que puedan ayudarles. Otros días los dedico a
mi casa, a la huerta, a los niños", comenta.
Como
en todo trabajo, se presentan inconvenientes, que son
superados. Cuando los ensayos de las huertas no dan
resultado, la gente se desmotiva; esa oportunidad la
aprovecha Esmeralda para insistir en que para eso son
los ensayos, para probar si dan o no dan resultado,
y le reitera que en este proceso se necesita tener calma.
Esmeralda
tiene muchas ganas y deseos de seguir estudiando y preparándose,
no sólo como una meta personal sino comunitaria;
para ello cuenta con el apoyo de su compañero
y de sus hijos. Sin embargo, ella sabe que este trabajo,
a veces implica salir de la casa desde muy temprano,
llegar por la tarde cansada y seguir ayudando con las
tareas escolares y atender las responsabilidades de
la casa. "Pero vale la pena, es un esfuerzo que
se hace para superarse", afirma. "Aunque dicen
que el trabajo de las mujeres es mal visto porque su
sitio es en la cocina, atendiendo a los niños
y trabajando en la huerta casera, pienso que son ideas
que se deben superar", asegura.
En
ocasiones, los resultados en el CIAL no son los esperados,
pero la gente ve que vale la pena el esfuerzo y se muestra
contenta. Esos resultados responden a problemas comunes,
como el desempleo, la inseguridad, salud, educación,
etc. "Este trabajo abarca casi todo, porque uno
está educando, previniendo y se hace algo para
que, al menos, haya comida, y eso es mejorar",
afirma.
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Usted
no lo creería ahora, pero Adelmo Calambáz
era profundamente tímido. "Cuando nos reunimos
con él por primera vez, no dijo una sola palabra",
dice Teresa Gracia, socióloga del equipo CIAT-IPRA.
Adelmo es de origen humilde. Nacido en San Bosco, Colombia,
de padres indígenas sin tierra, dejó la
escuela primaria después de 3 años sin poder
leer o escribir. Cuando su |
padre
enfermó, la responsabilidad de darle de comer a
su numerosa familia recayó en él como hijo
mayor.
Adelmo
se convirtió en un trabajador, levantándose
cada día a las 4:00 a.m. para salir a una caminata
de 3 horas hasta llegar a la pequeña parcela alquilada
para cultivar el maíz de la familia. Allí,
trabajaba sin descansar ni comer hasta el final de la
tarde. Después del largo viaje de regreso a casa,
comía y se quedaba dormido.
Exhausto y apenas capaz de cubrir los gastos, Adelmo decidió
un cambio. Con el apoyo de su madre, redujo a 3 días
en la semana su esfuerzo solitario en la parcela distante,
dedicando los otros 2 a actividades voluntarias en la
propia aldea. Sólo a través del trabajo
con los demás, en nombre de toda la comunidad,
podría salir adelante.
La decisión demostró ser un punto definitivo.
Con los demás en la aldea, Adelmo formó
un grupo de alfabetización y empezó el trabajo
en una huerta comunitaria. El grupo se reunía por
las noches en casa de doña Ruth Bueno, la agricultora
más importante de la aldea y una dirigente en la
comunidad. Allí, se reunió con el hijo de
Ruth, un maestro de escuela que le enseñó
al grupo y quien se convirtió en su amigo y guía.
Mientras los dos estaban buscando las maneras de hacer
que el grupo progresara, oyeron acerca del concepto CIAL
y escribieron al CIAT solicitando ayuda para establecer
el comité en San Bosco.
Debido a su reputación por el trabajo arduo y su
disposición hacia la comunidad, Adelmo fue elegido
secretario del nuevo CIAL y, posteriormente, su líder.
Sin desanimarse por el fracaso de su primer experimento,
en papa, él y sus compañeros perseveraron,
y al cabo de unos pocos años empezaron a vender
semillas de una nueva variedad de maíz. Pronto
también fue establecida una empresa molinera.
El trabajo de Adelmo con el CIAL ha transformado su situación.
Ahora tiene una casa en la aldea y su propia tierra, 2
hectáreas, en las que cultiva maíz, frijol,
plátano y café. Como reconocimiento a su
aporte sobresaliente a la comunidad, fue elegido recientemente
presidente de la junta comunal o consejo del pueblo. También
se ha convertido en un embajador para el proceso del CIAL,
siendo invitado frecuentemente a visitar otras comunidades
para hablarles de sus experiencias.
Pero el cambio más grande de todos está
en la percepción que Adelmo tiene de sí
mismo. "Soy una persona diferente", dice. "Tengo
más confianza en mis capacidades y creo que ahora
podría lograr cultivar un área mucho más
grande. Mi capacitación en el CIAL me ha ayudado
a aprender a hablar en público. Ya no tengo miedo
de los extraños y no me siento incómodo
cuando voy a las oficinas gubernamentales". |
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"¿A
usted le gusta ser un investigador?". "Sí".
Una sonrisa ilumina el rostro de la joven. "¡Sí!
Porque cuando hago investigación, aprendo".
La conferencista es Zuly Pajoy, de 14 años, quien
vive con sus padres en San Isidro, una aldea del departamento
del Cauca, Colombia,país productor de yuca. |
Zuly
es la integrante más joven de un CIAL bien consolidado,
conformado por siete personas, todas mujeres, que está
buscando alternativas para la yuca, cultivo que dejó
de ser lucrativo cuando el sector de procesamiento se
desplomó a mediados de los años 90.
Las
oportunidades para aprender significan mucho para Zuly.
Nació en la aldea, donde estudió hasta quinto
grado en la escuela primaria local. Pero después
de esta etapa, tuvo que permanecer en casa para ayudar
a su madre con las tareas domésticas, ya que San
Isidro no tiene ninguna escuela secundaria. La respuesta
de gobierno local a la campaña de largo plazo de
los pobladores para conseguir una, es que no tiene ningún
dinero para pagar un profesor. Otros 60 alumnos en la
aldea están en la misma situación de Zuly.
Por fortuna, Zuly ha adquirido otro interés, uno
que la saca de casa. A diferencia de otras niñas
en su aldea, a ella le gusta cultivar. Cuando aún
era una niña que iba a la escuela, se asoció
con un grupo de mujeres que estaban aprendiendo sobre
la cría de pollos. El grupo, organizado originalmente
por la rama local del servicio de extensión, evolucionó
hasta convertirse en un CIAL.
El
CIAL está investigando en soya, un cultivo nuevo
para la zona. La experiencia de aprendizaje no ha sido
fácil, dice Zuly. El primer ensayo, sembrado en
el año del fenómeno del Niño, se
perdió por la sequía. El cultivo se desarrolló
bien en el segundo año, pero el descascarado de
las vainas cosechadas a mano era tedioso y lento —hasta
el punto que algunos integrantes del grupo deseaban renunciar.
Llegó al rescate una trilladora que se pidió
prestada. Ahora, se le ha concedido un préstamo
al grupo para comprar su propia máquina.
El
año pasado, Zuly recibió la primera invitación
en su vida para que transmitiera a otros lo que ha aprendido.
Visitó el CIAT por primera vez, donde hizo una
presentación sobre el CIAL de mujeres de San Isidro,
en un taller sobre investigación participativa.
"Estaba bastante nerviosa, pero cuando comencé
a hablar me relajé", dice. Los científicos
que estaban entre el público quedaron impresionados.
"Si tan sólo pudiéramos aprender a
explicar las cosas así de sencillo y claro",
dijo uno.
El
sueño de Zuly es ir a la universidad agrícola
—pero esto significaría dejar San Isidro
y el CIAL. Vivir en otro sitio costaría dinero,
que los padres de Zuly no tienen, al menos no por el momento.
Le han dicho que debe esperar hasta que el hermano mayor,
que ahora está en la escuela secundaria, haya finalizado
su educación.
Hasta que su sueño se convierta en realidad, Zuly
está contenta de continuar con el "aprender
haciendo" a través de su participación
en el CIAL. ¿Qué ha aprendido de su investigación?
"Que usted tiene que perseverar para superar las
dificultades, que usted tiene que ser paciente".
Y Zuly vuelve a sonreír. |
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Desgranando
fríjol en medio de los cafetales
Jhon Jairo Ramírez y Jairo Calvo |
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Más
allá de los beneficios que la máquina ha
traído para este grupo de agricultores, está
el cambio de mentalidad, adquirido a través de
su experiencia con los CIAL. Iniciaron experimentos con
12 variedades de frijol, siguieron paso a paso el proceso
y, poco a poco, hallaron la variedad que mejor se adaptó
a las condiciones de su entorno, Cal 96 y AFR 612. Estas
variedades fueron facilitadas por el proyecto de Mejoramiento
de Frijol del Centro.
Los
integrantes del CIAL son Jairo Calvo, Jhon Jairo Ramírez,
Efraín Santos, y Pablo Salinas. Hablamos con dos
de ellos para conocer de cerca sus historias y esto fue
lo que nos contaron: |
| ¿Quiere
un Cuaderno? ¡Sembremos Frijol! |
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En
una pequeña banca de madera ubicada frente a un
cultivo de frijol, se sienta todas las tardes Jairo Calvo
a planificar su terreno, a hablar con su esposa y a recordar
que un tiempo atrás su vida era totalmente distinta.
Todo empezó hace 3 años, cuando Jairo dijo
a su familia que se dedicaría a trabajar en el
campo. |
Ellos
no lo entendieron, pues él había pasado
toda la vida en el pueblo y el terreno que tenía
pensado adquirir, era para muchos, un rastrojo. "Mis
padres fueron agricultores, pero yo siempre fui criado
en el pueblo, me levanté manejando carro, tractoriando
por allí", dice. En una época Jairo
tuvo la oportunidad de viajar a Israel para trabajar con
el plástico. "Cuando vi esas tierras tan áridas
de por allá, aprendí a valorar la tierra
que tenemos, por eso lo primero que hicimos, mi esposa
y yo, cuando llegamos a Colombia fue comprar este terreno
de seis cuadras y media, donde vivimos felices. Es lo
mejor que me ha pasado en la vida ", afirma.
Aunque
el terreno lo compró con el dinero que había
ahorrado de su trabajo en Israel, su padre, de tradición
cafetera, no quiso volver a visitarlo cuando se enteró
que estaba tumbando las matas de café. "Esta
finca es suya, haga lo que quiera que yo por aquí
no voy a volver", fueron sus palabras. Lo que el
padre no sabía era que él estaba sembrando
fríjol. "Al tiempo lo invité y desde
allí ha estado viniendo cada 8 días".
Está muy contento, dice. "Debemos ser conscientes
de que el café fue en su momento muy bueno, nos
permitió comprarlo todo, pero ya no; además,
son dos cosechas al año, mientras que frijol tenemos
cada 90 días".
"No
miramos que haya verano, que haya invierno, sólo
sembramos. Hace un mes, sacamos una frijolera en verano;
uno consigue mangueras y surtidores. El único que
sacó frijol en verano fui yo, nadie de la región
quiso arriesgarse. En invierno las enfermedades atacan
el cultivo, en cambio en verano no".
El
investigar y experimentar despierta en ellos un interés
por probarlo todo. Ya no sólo siembran frijol sino
que experimentan con tomate, papaya, espinaca, habichuela
y sapotes. Todo se les ha convertido en una posibilidad.
Jairo y su familia viven felices, ya no tienen necesidad
de ir por comida al pueblo, basta con tomar una bolsa,
dar una vuelta a su finca para tener el mercado de la
semana. Lo más importante para ellos es lograr
autosuficiencia y, sin duda, lo están logrando.
A Jairo, algunas veces, sus hijos le piden dulces,
cuadernos, juguetes, y él,
con una sonrisa, les responde: "¡Sembremos
frijol!". |
Desde
que tenía un año, Jhon Jairo Ramírez
vive en un espacio que es la herencia, de generación
en generación, de sus padres y abuelos: Una finca
cafetera. "Mi abuelo sembró café, mi
padre sembró café y yo, en este momento,
estoy diversificando entre café y otros cultivos.
Uno sigue de terco, aunque está intercalado con
el plátano y ahora con el frijol, que es el que
nos está dando la mano".
El
padre de Jhon Jairo quería que él no se
dedicara a la finca, pero hoy piensa que era casi imposible
dejar de hacerlo cuando se ha vivido siempre jugando con
los árboles y comiendo tierra. "A uno empieza
a gustarle esto y no fui capaz de dejarla; además,
si está bien administrada puede funcionar como
cualquier empresa".
"Los planes aquí en la finca son tener de
todo un poquito.
La mitad en café y la otra mitad en pan coger y
otros cultivos"
Al inicio del proyecto, fueron invitados al Cauca para
que fueran partícipes de otras experiencias. Cuenta
Jhon Jairo que el choque más grande que tuvo en
esa visita, fue ver cómo ese grupo de agricultores
había logrado buenos resultados, en tierras que
no eran tan de buena calidad como las de ellos. "El
agua era escasa y en comparación, nosotros estamos
en la gloria, porque nos baja por gravedad; sin embargo,
la voluntad de trabajo que demostraron, fue lo que nos
motivó para seguir adelante", comenta.
En la región cafetera es tanta la acogida de este
CIAL, que son visitados por otras personas interesadas
en iniciar el mismo proceso. Hace poco estuvo una asociación
de 30 agricultores de Trujillo, Valle, quienes se asombraron
con la variedad de cultivos que estaban manejando.
Por ahora, y mientras en la vereda los vecinos los miran
con admiración, Jhon Jairo, Efraín y Pablo
seguirán desgranando frijol en medio de los cafetales. |
| La
Máquina También Tiene su Historia |
| En
los años ochenta, el CIAT trajo a Palmira una máquina
de Alemania que servía para desgranar frijol en
los ensayos. Su sistema centrífugo llamó
la atención de Humberto Muñoz, supervisor
de talleres de Metalmecánica del Centro en esa
época. La máquina era muy grande y se necesitaba
una más pequeña para que los agricultores
pudieran trasladarla de una finca a otra a través
de las montañas. Fue así como Humberto pensó
que podría adaptarla; con su ingenio logró
hacerlo. Esta máquina empezó a utilizarse,
con grandes resultados, en los CIAL del Cauca para el
tratamiento de semillas. El nuevo sistema evita que las
semillas sufran, puede desgranar una tonelada en el día
y no importa que el frijol esté maduro o húmedo,
ya que tiene variación de revoluciones. Además,
es económica y tiene muy buena aceptación
en Colombia y en otros países donde es utilizada.
Hay dos en Ecuador, dos en Haití y una en Venezuela.
Según su diseñador, no tiene nada que se
le dañe, pues sólo deben cambiársele
las balineras cada dos mil horas y los motores pueden
durar hasta 10 años, con la posibilidad de ser
reparados. |
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